domingo, 22 de febrero de 2026


EL DINERO, OTRO ÍDOLO DE ESTE MUNDO


          


Por P. Bosco J. Rodríguez A., C.Ss.R.


La vanidad del ídolo del dinero. Este ídolo, lamentablemente, ha penetrado como un veneno mortal en la estratificación social. Ha golpeado fuertemente las puertas de la Iglesia católica. El papa Francisco, el 1 de abril del 2017, en la audiencia que sostuvo con la Comunidad del Pontificio Colegio Español San José de Roma, dijo a los sacerdotes lo siguiente:

El diablo siempre entra por el bolsillo (…) Jesús nos recuerda que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón, y que es en nuestras pequeñas cosas, seguridades y afectos, donde nos jugamos el ser capaces de decir que sí al Señor o darle la espalda como el joven rico.

En una diócesis, había una parroquia, cuya comunidad de fieles era de muchos posibles, materialmente hablando. No eran millonarios, pero su statu quo les permitía vivir de manera holgada y ayudar a su parroquia en todo lo que se requería. Tenían muy presente e incrustado en sus corazones el V Mandamiento de la Iglesia: ´´Ayudar a la Iglesia en sus necesidades´´. Y también, lo que dice el Código de Derecho Canónico, parágrafo 1:

Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.  

Las aportaciones de esa parroquia eran muy generosas en diezmos, colectas, actividades para recaudar fondos como kermesse, ferias, venta de comida, tómbolas, rifas, etc. El párroco a su vez, era muy ´generoso´ en las aportaciones que le correspondía dar mes a mes, año a año a la Curia. Por los corridos de aquella jurisdicción espiritual del obispo, se decía que dicha parroquia era la ´tía rica´ de la diócesis. Llegó el momento del traspaso de funciones pastorales, nuevo obispo y con él nuevos nombramientos, y, por ende, cambios. Fue así que le llegó al párroco el día que nunca le llegaba, y que él retenía como un pararrayos: el de trasladarse a otra parroquia. Pues había estado al frente de la ´tía rica´ cinco lustros.

Aquel sacerdote, lleno de vanidad llegó a creer que él era quien sostenía la diócesis entera, y que con el dinero que ´trabajaba´, había sostenido grandes proyectos en aquella porción de la Iglesia. Ciertamente, aquel sacerdote era muy bueno para multiplicar el parné, pero la vanidad lo había cegado tanto, que llegó a pensar que era indispensable en aquella parroquia y diócesis. A esa parroquia llegó un nuevo párroco, con ideas muy buenas para reorganizar las realidades pastorales existentes. En los primeros tres meses, la colecta bajó, lo que es normal, puesto que son fluctuantes, y por el cambio de párroco, la feligresía estaba a la expectativa. Situación normal cuando hay cambios en cualquier parroquia de todas las diócesis de la Iglesia universal. Por ese ´bajón ´ de colectas, fue llamado a las oficinas de la Curia para dar explicación y rendir cuentas. No fue llamado para explicar sobre los nuevos proyectos pastorales, sino a dar cuenta del por qué la colecta había bajado… Se valoró más el quehacer dinero, que el quehacer pastoral.

Meses después, llegó un agente infeccioso microscópico acelular llamado SARS-CoV-2, y no solo bajaron las colectas, sino que, durante la pandemia, las colectas desaparecieron por completo… Durante la pandemia, la economía y los mercados recibieron un golpe bajo y muy fuerte. En otras palabras, la economía mundial se enfiló por el camino del despeñadero de la gran recesión jamás vista en la historia de los mercados financieros. Y por supuesto, aquella parroquia no fue la excepción.

El dinero es, sin duda alguna, importante para alcanzar cosas en la vida. Es importante para satisfacer algunas necesidades presentes y futuras. Pero hay que entender que el dinero nunca será un fin en sí mismo. Nunca hay que ir detrás del dinero como si fuera la clave para ser plenamente feliz y realizarse como persona.  En el confinamiento que el mundo entero vivió por la COVID-19, quizá se tenía el dinero en la mano, pero no se podía salir y comprar, pues todo estaba cerrado. Pregunto, ¿sirvió de mucho en esos días el dinero?, ¿sirvieron los altos cargos o servicios? No. El ex primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson, dio positivo por el coronavirus.  ¿Se era inmune al coronavirus por ser de ´sangre azul´ u ostentar un título nobiliario? No. El rey Carlos III fue infectado por el coronavirus. Descubrimos que, en la pandemia, debíamos de ser más humanos, más solidarios, más fraternos. La ambición desmedida de muchos hombres y mujeres por tener más y más dinero a costa de lo que sea, no tiene ni tendrá ningún sentido. Con el coronavirus fuimos seres más vulnerables y débiles. Todos nos podíamos enfermar. Todos, sin excepción alguna.

El dinero puede cegar la mente de cualquier hombre. El Diablo, como dijo el papa Francisco, puede entrar por el bolsillo. Eso le sucedió al obispo alemán Franz-Peter Tebartz-van Elst, apodado por la prensa alemana como el ´obispo del lujo´, pues se gastó casi 40 millones de euros para la construcción de su residencia. El papa Francisco lo suspendió temporalmente de sus funciones y le ordenó a salir de su diócesis por un periodo apropiado.

La conocida parábola del rico insensato, conocida también como la parábola del rico necio o tonto, es una de las parábolas que pronunció Jesús y que solo se encuentra en el Evangelio de Lucas, capítulo doce, versículos del trece al veintiuno. Esta parábola enseña magistralmente sobre el grave error de darle mucha importancia al dinero o a la riqueza, acumulándolo, pues eso conduce a la avaricia. El versículo veinte dice: ´´Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán? ´´.

  

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